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Los gatos tienen muchas vidas y también salvan otras. Les cuento lo que pasó con mi hermano Ricardo, a quien no le agrada tener mucha familiaridad con los gatos.
No hace mucho hizo un voluntariado en el que tuvo que viajar a un país de Sudamérica, y residió por unos meses en un pueblo de la sierra andina, donde las casas no disponen de luz por su lejanía de la ciudad. Entre los avatares de la vida en el campo, él cuenta que fue a cenar a la casa de un poblador que había conocido durante su estadía. Teniendo en cuenta que la filosofía en los pueblos andinos de Sudamérica es no rechazar una invitación directa, encantado aceptó ir a comer.
En la cena Rodrigo estaba sentado entre los señores alrededor de la mesa, específicamente apegado a la pared (construida a base de adobe, una especie de ladrillos de barro). Vio que los gatos de la familia también acompañaban la cena en otro espacio del comedor. Estaba tranquilo disfrutando de la comida, cuando la gata más adulta se acerca como si estuviera persiguiendo una bola de lana y se lanza contra la pared muy cerca al espacio donde estaba mi hermano, él se sorprendió porque pensó que la gata lo atacaría, pero al caer ésta al piso, todos bajan la mirada y ven con sorpresa un ¡ALACRAN!
De no ser por la hospitalaria gatita el alacrán hubiera podido picar a mi hermano.
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